viernes, 5 de abril de 2013

A CARA O CRUZ…



A CARA O CRUZ…

…Aturdido aún, por lo que había pasado la noche anterior, me desperté con un tremendo dolor de cabeza, parecía que hubiese tomado como cien botellas de esa extraña agua, a la que mis colegas de juego, le decían licor y con un olor a tabaco en aire, evidencia de esos extraños palitos que se encendían uno tras otro  en mi primera noche de juegos de azar, que de igual manera que el licor nunca los había probado en mi vida…Ya lo recuerdo, se llamaban cigarrillos.

Permítanme presentarme, mi nombre es Lonchy, soy un zamuray, eso ya no importa... Desde que tengo memoria yo he vivido en mi aldea, un pueblo tranquilo y casi imperceptible en un mapa del mundo, alejado del ruido de las grandes ciudades, de la contaminación y de cualquier rastro de civilización.
Todos los habitantes de mi aldea son personas, trabajaras, se dedican principalmente a la agricultura, pero también son agresivas fieras, capaces de matar de un solo golpe a un enorme animal. Desde pequeño, no mostré algún interés por aprender eso de la agricultura y las habilidades de cazar y matar que todos los habitantes de mi aldea sabían, mas bien me dedique a dormir como un animal todo el día, a comer hasta más no poder y  que ahora era evidente a mis 25 años, me había convertido en un hombre gordo, con una cabellera larga, acompañado solo de mi espada que como a todos los demás habitantes, les obsequian al cumplir 15 años, creo que es una muestra de hombría en mi aldea. Yo le había adaptado unas par de cuerdas en su parte posterior ya que me gustaba hacer melodías extrañas con ese instrumento musical.

Todos en la aldea tenían una función especifica, unos cuidaban la aldea de intrusos, otros se dedicaban a la caza, otros a la agricultura, pero yo no tenía ni oficio ni beneficio, nunca aporté nada a la aldea. Como último intento de saber que hacer con mi vida, los aldeanos decidieron ponerme a cargo de cuidar unas extraños cubos dorados llamados dados de la paz, ubicados al pie de la cascada principal de la aldea. Esos cubos estaban puestos en un altar en donde solo aquellas piezas cabían y que si eran movidas de su lugar, el caudal del río aumentaría y causaría estragos en la aldea. Pero en ese lugar nunca ocurría nada extraño y los aldeanos lo sabían muy bien, creo que fue por eso que me asignaron esa responsabilidad, mi gran función en la aldea, “vivir ahí a lado de la cascada, noche y día sin que nada pasara”…

Cierta noche, mientras todos dormían después de una larga jornada de trabajo, dos tipos llegaron a la aldea en una bote con motor, era una lancha. Era media noche y yo de igual manera que los aldeanos, dormía como un bebe, agotado por cuidar los dados de la paz, junto a un perro negro y bastante viejo de nombre Parlanchín, llamado así ya que tenía una particularidad, él no ladraba como todos los perros de la aldea si no que hablaba como un humano, y además era muy supersticioso, demasiado creo yo. Al comienzo eso sorprendió a los aldeanos pero con el pasar del tiempo estaban cansados de que Parlanchín hablara y hablara sin parar, así que fue victima de constantes golpes de los aldeanos, y por último decidieron ponerlo junto a mí, para que los dos cuidemos de los dados de la paz.  

Los tipos habían llegado a la aldea, tras escuchar un rumor en la ciudad donde vivían, que en una aldea muy remota, existían unas piezas de oro, con forma de dados y ellos decidieron ir hasta ese lugar para robar esas piezas y así venderlas para tener mucho dinero. Pero también habían escuchado que en esa aldea, sus habitantes eran feroces guerreros, que eran capaces de asesinar a cualquier otra persona diferente a ellos, y mucho más si su objetivo era robar los dados de la paz.
Realizaron una breve inspección del lugar y al percatarse que toda la aldea dormía, se acercaron hacia mi puesto de guardia de los dados de la paz. Los vi venir, eran dos hombres altos y vestidos de negro, llevaban consigo una maleta, yo me desperté de inmediato y tomé mi espada mientras me ponía de pie. Avanzaron hasta donde yo estaba, pero al contrarío de lo que pensé, resultaron ser unos tipos muy amigables, muy amables y generosos.

Al parecer se trataba de un par de turistas, que habían llegado a descansar un poco del ajetreado mundo de vivir en la ciudad de Banglook, que era la capital del país donde estaba situada mi aldea, antes había escuchado que se encontraba a  más o menos 2 días de distancia de la aldea y que la única forma de llegar era por el río. Saúl y Roberto se llamaban, que estaban de vacaciones me dijeron. De inmediato hubo un gran lazo de fraternidad entre ellos y yo. Sacaron de su maleta un par de botellas de licor y unos cigarrillos, destaparon las botellas y me las ofrecieron, yo, quedé alucinado con esas botellas, que tenían un reflejo brillante debido a la luz de la luna que se reflejaba en ellas. No lo pensé dos veces y tomé un gran trago de una de las botellas, me gusto tomar ese manjar llamado licor, la cabeza empezaba a darme vueltas, y eso me gustaba. Luego prendieron con un encendedor un cigarrillo y de igual forma que el licor, me lo ofrecieron, yo desde luego ya había visto y olfateado algo parecido al humo que salían de esos cigarrillos, ya que en la aldea también habían cultivos de coca, utilizados por los ancianos de la aldea para realizar sus rituales de media noche.

La noche transcurrió tan alegre, yo escuchaba las fabulosas historias de mis nuevos amigos, todos reíamos, a veces notaba  que ellos tomaban solo pequeños sorbos del licor, y yo en cambio casi me acaba una botella de un solo sorbo. Creo que ya eran las 2 de la madrugada, no recuerdo bien ya que todo me daba vueltas, pero definitivamente me quedé enamorado de esa agua mágica y más aún de esos humeantes palos. Lo último que casi recuerdo fue que dijeron que estaban aburridos y decidimos jugar a las cartas. Saúl sacó de la maleta unos cartones rectangulares muy pequeños, se llamaban naipes. Yo aprendí muy rápido a jugar a las cartas con ellos, pero decidimos hacerlo más interesante y apostar algo. Ellos por su parte apostaron al juego todo su cargamento de licor y cigarrillos porque en su bote tenían muchos más cartones y cartones repletos de eso. Pero yo por mi parte, no tenía nada de valor, nada novedoso, observé hacía  todos lados sin saber que apostar, y fue cuando mi mirada se posó sobre los dados de la paz que se encontraban a un costado de donde me encontraba, así que sin pensarlo mucho y como me había fijado que ellos desde que llegaron no dejaban de observar los dados de la paz con curiosidad, pensé que podía interesarles y aposte los dados de la paz. De ahí no recuerdo nada más, no se si perdí o gané.

En la mañana la bulla de los aldeanos acercándose hacía donde yo dormía me despertó, estaban muy enfadados. Me desperté con la noticia de que los dados de la paz habían sido movidos de su puesto, y por ende el caudal del río había crecido destruyendo con todo a su paso. Yo, recordando muy borrosamente lo que sucedió la anterior noche, les dije que creo que se los llevaron un par de tipos que estuvieron ahí en la noche. Más enojados por saber que yo pude evitar el rapto de los dados de la paz y no hice, decidieron ordenarme ir la ciudad de aquellos tipos y recuperar los dados de la paz, para así colocarlos en su lugar y que el caudal del río volviera a la normalidad.

Me embarcaron pues en un bote, junto a Parlanchín, ya que en cierta forma también era culpa suya lo que había pasado pues el muy dormilón, ni se había enterado de todo lo que pasó hasta que despertó al otro día para ir con migo. A Parlanchín no enviaron con migo para que me vigilará que no escape y que si lo intentaba, me matara porque de igual forma que los aldeanos, estaba entrenado para asesinar. Parlanchín y yo, confundidos por lo que pasaba, nos alejábamos de la aldea subidos en el bote, sin más que una escafandra para mí, y otra para Parlanchín y mi espada. En cierta forma lo que querían los aldeanos era deshacerse de nosotros, de mí, un zamuray que no aportaba nada a la aldea y de Parlanchín, un perro que no paraba y paraba de hablar, eso molestaba muchos a los aldeanos.

Comenzamos a ir en el bote por el río, pero debido a que había crecido la corriente, nos fue difícil avanzar los primeros kilómetros. Alejados ya de la aldea, comenzaron los primeros intercambios de palabras entre Parlanchín y yo. Parlanchín comenzó a hablar, de inmediato supe porque tenía ese nombre. Toda la tarde el perro habló y habló, cosas sin sentido, alucinaciones quizá , debido a los constantes golpes que recibió en la aldea. La noche se aproximaba, así que para animar un poco la larga noche, tomé mi espada, pero no era para matar a Parlanchín, al contrario, era para hacer un poco de música con las cuerdas que tenía mi espada. La noche estuvo muy alegre, comenzamos a cantar y después de un par de oras nos quedamos dormidos sin sentir la lluvia de media noche, muy común en esos lugares pantanosos. La lluvia había echo aumentar más de lo que ya estaba el caudal del  río, y eso provocó que nos desviáramos de nuestro camino. Nos despertamos al siguiente día sin saber donde estábamos, no sabíamos lo que pasó, pero después de observar hacia todos lados nos dimos cuenta de lo evidente, estábamos perdidos. A mí en verdad eso no me importaba, pero a Parlanchín si, pues el tenía la misión de encargarse de que yo fuera a la ciudad a recuperar los dados de la paz, así que él comenzó a remar con sus peludas patas negras hasta volver al camino principal del río que llevaba a la ciudad. No lo ayude, en realidad quería perderme y no volver jamás a la aldea, pero al verlo cansado después de una larga ora de remar y remar, decidí ayudarlo. Después de otra larga ora de remar estuvimos nuevamente en el camino principal del río. El río estaba más caudaloso que el día anterior que salimos en búsqueda de los dados de la paz, supongo que fue a casusa de la lluvia. Eran las 10 de la mañana y Parlanchín y yo teníamos mucha hambre, nuestros estómagos gruñían como el motor de la lancha de los tipos que robaron los dados de la paz cuando se acercaban esa noche a la aldea. Así que paramos por un momento de remar para coger unas frutas de color amarillento que se encontraban en la rama de un árbol junto al río. Yo las arranqué de la rama, una para Parlanchín y otra para mí. Su sabor era bastante raro, entre agrio y dulce, nunca antes habíamos probado algo igual.
Más adelante, un árbol se había caído en medio del río imposibilitando nuestro paso, tuvimos que trabajar juntos para moverlo. Nos bajamos del bote y con todas nuestras fuerzas comenzamos a mover el gran tronco del árbol.

La tarde había llegado, en esa selva pantanosa no se podía distinguir muy bien el camino del río, que esta vez parecía estar más agresivo que el día anterior que empezamos el viaje. Una espesa niebla cubría todo el lugar, y Parlanchín alcanzó a divisar algo a lo lejos, era un bulto enorme que se acercaba más y más. Se trataba de un cocodrilo gigante, a pesar de su tamaño, casi 8 metros, era muy difícil verlo debido al color café de sus escamas. Se confundía fácilmente con los troncos de los árboles muertos que flotaban en el río. Era evidente que ese cocodrilo nos quería asesinar, pues cuando ya se acercó hasta estar a un par de metros del bote, abrió sus fauces y venía decidido a comernos, Parlanchín y yo pensábamos que todo estaba perdido, había llegado nuestro final, nos abrazamos y esperamos nuestro trágica muerte en el estómago de un cocodrilo, pero de repente unos raros animales emergieron de lo más profundo del río, eran unos tres manatíes, ellos se caracterizaban por ayudar a las personas y se enfrentaron al cocodrilo, y mientras eso pasaba, nosotros aprovechamos para remar muy desesperados para así escapar del cocodrilo.
Después de lo que había sucedido, aun temblorosos y un poco confundidos por lo que pasó, comenzamos a navegar el último tramo del río, antes de llegar a la ciudad de Banglook. En ese corto camino, saqué mi espada, que con esas cuerdas, mas bien parecía un bajo eléctrico. Comencé a tocar un par de canciones, para que Parlanchín se calmará un poco, porque en verdad estaba muy asustado de ver a la muerte tan de cerca.

Un último y grande obstáculos se atravesó en nuestro camino, una gran pila de basura que venía de la ciudad, era tan alta y tan ancha, que era imposible tratar rodearla o posar por enzima de la misma. Estábamos ya muy agotados, hasta ahí habíamos llegado, era imposible continuar,  así que Parlanchín decidió dar marcha atrás y volver a la aldea, por supuesto a mi me esperaba una vida de esclavo en la aldea, y a Parlanchín una condena menor quizá, ese perro que pensé que era mi amigo, seguía siendo el mismo perro terco y cegado por las ordenes de sus amos, los aldeanos. Cuando me disponía a ir hacia mi lado del bote, tropecé con algo grande en el bote, que lo pude ver ya que comenzaba todo a oscurecerse para dar paso a la noche. ¡Claro!, eran las el par de escafandras que nos dieron los aldeanos como una última muestra de pena por nosotros cuando salimos en el viaje.
Se me había ocurrido una idea, envés de escalar o rodear la pila de basura, íbamos a pasar buceando por debajo. Parlanchín incrédulo al comienzo no estaba tan de acuerdo, pero logré convencerlo.
yo fuí el primero en ponerle mi escafandra y bucear por esas oscuras y pestilentes aguas, detrás de mi se encontraba Parlanchín, ambos llegamos casi sin aire al otro lado, pero no importaba porque ahora ya estábamos más cerca de cumplir esa misión y volver a la aldea. Parlanchín se adelanto, yo me quedé contemplando un momento esas ciudad que en esa noche, brillaba como la misma luna. Cuando me disponía a avanzar, algo me llamó la atención, fue una extraña luz que brillaba en piso, si, era lo que pensaba, era un tillo, yo ya lo conocía pues me recordaba a las botellas del licor que tanto me gustaron la noche del robo de los dados de la paz, así que lo guardé en mi bolsillo para ver si alguien en la ciudad me decía donde podía encontrar algo así.

Afín, después de un largo camino, habíamos llegado a Banglook. Lo primero con lo que nos topamos fué con enormes edificios, luces iluminando cada rincón y gente alborotada en las calles pues habíamos llegado en vísperas de una celebración importante, la fundación de Banglook. Era la fiesta más grande del año de esa ciudad. Parlanchín y yo nos íbamos adentrando más y más en la ciudad, caminando por las coloridas calles, no teníamos ni  la más mínima idea de donde podíamos encontrar a Saúl y Roberto, era una ciudad grande, nunca los encontraríamos. ¡Quietos ahí!, nos quedamos inmovilizados al escuchar a un par de policías gritar y correr hacia donde estábamos nosotros, pero a quien buscaban no era a Parlanchín y a mí, sino que estaban tras la pista de un par de asaltantes de bancos, eran ellos ¡Saúl y Roberto!, quienes no conformes con robar los dados de la paz, habían querido dar un último golpe al robar un banco y así retirarse del mundo criminal a gozar de su nueva vida de millonarios, pero esa misma ambición suya ahora los llevaba tras las rejas. Nos acercamos para ver como los policías los metían al la patrulla y justo cuando  Roberto era metido al vehículo, al entrar algo cayo de sus bolsillos, ¡si! Eran los dados de la paz, al fin los habíamos encontrado, pero no todo estaba listo aún, ya que cuando nos percatamos de que al caer los dados de la paz del bolsillo de Roberto, se estaban deslizando justo al canal de desagüe de esa calle, así que yo corrí como un desquiciado para que con un gran salto y después de arrastrarme y estirar mi mano, los atrapara en el último instante antes de que cayeran al desagüe. Una vez que conseguimos recuperar los dados de la paz, nos subimos en una moto, que estaba en el piso, era la moto de Saúl y Roberto, pero como ahora ellos iban camino a prisión, ya no la necesitarían.  Arrancamos de ese lugar y fuimos, hasta las afueras de la ciudad, en el camino ninguno de los dos no pronunciamos ninguna palabra, parecía que tanto Parlanchín como yo estábamos pensando en todo lo que había pasado. Llegamos al lugar en la orilla del río donde dejamos el bote, y fue cuando le propuse a Parlanchín que nos quedemos a vivir en la ciudad, el no lo acepto, pero al ver un perro en la calle, recordó su infancia llena de maltratos y burlas de los aldeanos y sabía que en mí, había encontrado un amigo con el que podía contar. Parlanchín no sabía que hacer, así que como era demasiado supersticioso, decidió dejárselo a la suerte. Saqué el tillo que guardé en mi bolsillo y decidimos jugar A CARA O CRUZ. Si salía cara, volveríamos a la aldea con los dados de la paz, pero si salía cruz nos quedaríamos a vivir en Banglook.

Puse el tillo en mi dedo pulgar de mi mano derecha, lo impulsé hacia arriba y rodo y rodo hasta llegar al punto más lato, y luego por la gravedad cayó nuevamente y lo atrapé con la misma mano. Ambos estábamos ansioso de ver que nos había de deparar el destino. Inconscientemente Parlanchín y yo queríamos el mismo resultado… Abrí pues mi mano y justamente salió la opción que de una u otra manera Parlanchín y yo esperábamos, salió cruz y como lo pactado antes, nos quedamos a vivir en la ciudad. Lo primero que hicimos a la mañana siguiente al enterarnos en los periódicos que esas piedras que para los aldeanos, para Parlanchín y para mí, eran solamente unos objetos religiosos, resultaron ser tan caros como el mismo oro, así que los vendimos en el marcado negro de la ciudad y así conseguimos el dinero suficiente como para vivir como reyes toda la vida.
Para celebrar nuestra nueva vida de millonarios, fuimos a comer en el restaurant más caro de la ciudad. En el camino al restaurant, vi por una vitrina algo que me llamo la atención, era una pipa y yo sabía muy bien para que servía, era para fumar coca, tenía que volver a oler ese humo que me dejo cautivado cuando Saúl y Roberto me enseñaron a fumar en la aldea,  tenia que volverlo a hacer, Entré a la tienda y la compré, la más cara, pues el dinero ahora ya no era problema.
Llegamos a un restaurant, y ordenamos algo llamado pizza, no lo habíamos probado antes pero quedamos fascinados con su sabor.    

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