A CARA O CRUZ…
…Aturdido
aún, por lo que había pasado la noche anterior, me desperté con un tremendo
dolor de cabeza, parecía que hubiese tomado como cien botellas de esa extraña
agua, a la que mis colegas de juego, le decían licor y con un olor a tabaco en
aire, evidencia de esos extraños palitos que se encendían uno tras otro en mi primera noche de juegos de azar, que de
igual manera que el licor nunca los había probado en mi vida…Ya lo recuerdo, se
llamaban cigarrillos.
Permítanme
presentarme, mi nombre es Lonchy, soy un zamuray, eso ya no importa... Desde que tengo
memoria yo he vivido en mi aldea, un pueblo tranquilo y casi imperceptible en
un mapa del mundo, alejado del ruido de las grandes ciudades, de la
contaminación y de cualquier rastro de civilización.
Todos
los habitantes de mi aldea son personas, trabajaras, se dedican principalmente
a la agricultura, pero también son agresivas fieras, capaces de matar de un
solo golpe a un enorme animal. Desde pequeño, no mostré algún interés por
aprender eso de la agricultura y las habilidades de cazar y matar que todos los
habitantes de mi aldea sabían, mas bien me dedique a dormir como un animal todo
el día, a comer hasta más no poder y que
ahora era evidente a mis 25 años, me había convertido en un hombre gordo, con
una cabellera larga, acompañado solo de mi espada que como a todos los demás
habitantes, les obsequian al cumplir 15 años, creo que es una muestra de
hombría en mi aldea. Yo le había adaptado unas par de cuerdas en su parte
posterior ya que me gustaba hacer melodías extrañas con ese instrumento musical.
Todos
en la aldea tenían una función especifica, unos cuidaban la aldea de intrusos,
otros se dedicaban a la caza, otros a la agricultura, pero yo no tenía ni
oficio ni beneficio, nunca aporté nada a la aldea. Como último intento de saber
que hacer con mi vida, los aldeanos decidieron ponerme a cargo de cuidar unas
extraños cubos dorados llamados dados de la paz, ubicados al pie de la cascada principal de la
aldea. Esos cubos estaban puestos en un altar en donde solo aquellas piezas
cabían y que si eran movidas de su lugar, el caudal del río aumentaría y
causaría estragos en la aldea. Pero en ese lugar nunca ocurría nada extraño y
los aldeanos lo sabían muy bien, creo que fue por eso que me asignaron esa
responsabilidad, mi gran función en la aldea, “vivir ahí a lado de la cascada,
noche y día sin que nada pasara”…
Cierta
noche, mientras todos dormían después de una larga jornada de trabajo, dos
tipos llegaron a la aldea en una bote con motor, era una lancha. Era media
noche y yo de igual manera que los aldeanos, dormía como un bebe, agotado por
cuidar los dados de la paz, junto a un perro negro y bastante viejo de nombre Parlanchín,
llamado así ya que tenía una particularidad, él no ladraba como todos los
perros de la aldea si no que hablaba como un humano, y además era muy
supersticioso, demasiado creo yo. Al comienzo eso sorprendió a los aldeanos
pero con el pasar del tiempo estaban cansados de que Parlanchín hablara y
hablara sin parar, así que fue victima de constantes golpes de los aldeanos, y
por último decidieron ponerlo junto a mí, para que los dos cuidemos de los
dados de la paz.
Los
tipos habían llegado a la aldea, tras escuchar un rumor en la ciudad donde
vivían, que en una aldea muy remota, existían unas piezas de oro, con forma de
dados y ellos decidieron ir hasta ese lugar para robar esas piezas y así
venderlas para tener mucho dinero. Pero también habían escuchado que en esa
aldea, sus habitantes eran feroces guerreros, que eran capaces de asesinar a
cualquier otra persona diferente a ellos, y mucho más si su objetivo era robar
los dados de la paz.
Realizaron
una breve inspección del lugar y al percatarse que toda la aldea dormía, se
acercaron hacia mi puesto de guardia de los dados de la paz. Los vi venir, eran
dos hombres altos y vestidos de negro, llevaban consigo una maleta, yo me
desperté de inmediato y tomé mi espada mientras me ponía de pie. Avanzaron
hasta donde yo estaba, pero al contrarío de lo que pensé, resultaron ser unos
tipos muy amigables, muy amables y generosos.
Al
parecer se trataba de un par de turistas, que habían llegado a descansar un
poco del ajetreado mundo de vivir en la ciudad de Banglook, que era la capital
del país donde estaba situada mi aldea, antes había escuchado que se encontraba
a más o menos 2 días de distancia de la
aldea y que la única forma de llegar era por el río. Saúl y Roberto se
llamaban, que estaban de vacaciones me dijeron. De inmediato hubo un gran lazo
de fraternidad entre ellos y yo. Sacaron de su maleta un par de botellas de
licor y unos cigarrillos, destaparon las botellas y me las ofrecieron, yo,
quedé alucinado con esas botellas, que tenían un reflejo brillante debido a la
luz de la luna que se reflejaba en ellas. No lo pensé dos veces y tomé un gran
trago de una de las botellas, me gusto tomar ese manjar llamado licor, la
cabeza empezaba a darme vueltas, y eso me gustaba. Luego prendieron con un
encendedor un cigarrillo y de igual forma que el licor, me lo ofrecieron, yo
desde luego ya había visto y olfateado algo parecido al humo que salían de esos
cigarrillos, ya que en la aldea también habían cultivos de coca, utilizados por
los ancianos de la aldea para realizar sus rituales de media noche.
La
noche transcurrió tan alegre, yo escuchaba las fabulosas historias de mis nuevos
amigos, todos reíamos, a veces notaba
que ellos tomaban solo pequeños sorbos del licor, y yo en cambio casi me
acaba una botella de un solo sorbo. Creo que ya eran las 2 de la madrugada, no
recuerdo bien ya que todo me daba vueltas, pero definitivamente me quedé
enamorado de esa agua mágica y más aún de esos humeantes palos. Lo último que
casi recuerdo fue que dijeron que estaban aburridos y decidimos jugar a las
cartas. Saúl sacó de la maleta unos cartones rectangulares muy pequeños, se
llamaban naipes. Yo aprendí muy rápido a jugar a las cartas con ellos, pero
decidimos hacerlo más interesante y apostar algo. Ellos por su parte apostaron
al juego todo su cargamento de licor y cigarrillos porque en su bote tenían
muchos más cartones y cartones repletos de eso. Pero yo por mi parte, no tenía
nada de valor, nada novedoso, observé hacía
todos lados sin saber que apostar, y fue cuando mi mirada se posó sobre
los dados de la paz que se encontraban a un costado de donde me encontraba, así
que sin pensarlo mucho y como me había fijado que ellos desde que llegaron no
dejaban de observar los dados de la paz con curiosidad, pensé que podía
interesarles y aposte los dados de la paz. De ahí no recuerdo nada más, no se
si perdí o gané.
En
la mañana la bulla de los aldeanos acercándose hacía donde yo dormía me
despertó, estaban muy enfadados. Me desperté con la noticia de que los dados de
la paz habían sido movidos de su puesto, y por ende el caudal del río había
crecido destruyendo con todo a su paso. Yo, recordando muy borrosamente lo que
sucedió la anterior noche, les dije que creo que se los llevaron un par de
tipos que estuvieron ahí en la noche. Más enojados por saber que yo pude evitar
el rapto de los dados de la paz y no hice, decidieron ordenarme ir la ciudad de
aquellos tipos y recuperar los dados de la paz, para así colocarlos en su lugar
y que el caudal del río volviera a la normalidad.
Me
embarcaron pues en un bote, junto a Parlanchín, ya que en cierta forma también
era culpa suya lo que había pasado pues el muy dormilón, ni se había enterado
de todo lo que pasó hasta que despertó al otro día para ir con migo. A
Parlanchín no enviaron con migo para que me vigilará que no escape y que si lo
intentaba, me matara porque de igual forma que los aldeanos, estaba entrenado
para asesinar. Parlanchín y yo, confundidos por lo que pasaba, nos alejábamos
de la aldea subidos en el bote, sin más que una escafandra para mí, y otra para Parlanchín y mi
espada. En cierta forma lo que querían los aldeanos era deshacerse de nosotros,
de mí, un zamuray que no aportaba nada a la aldea y de Parlanchín, un perro que
no paraba y paraba de hablar, eso molestaba muchos a los aldeanos.
Comenzamos
a ir en el bote por el río, pero debido a que había crecido la corriente, nos
fue difícil avanzar los primeros kilómetros. Alejados ya de la aldea,
comenzaron los primeros intercambios de palabras entre Parlanchín y yo.
Parlanchín comenzó a hablar, de inmediato supe porque tenía ese nombre. Toda la
tarde el perro habló y habló, cosas sin sentido, alucinaciones quizá , debido a
los constantes golpes que recibió en la aldea. La noche se aproximaba, así que
para animar un poco la larga noche, tomé mi espada, pero no era para matar a
Parlanchín, al contrario, era para hacer un poco de música con las cuerdas que
tenía mi espada. La noche estuvo muy alegre, comenzamos a cantar y después de un par
de oras nos quedamos dormidos sin sentir la lluvia de media noche, muy común en
esos lugares pantanosos. La lluvia había echo aumentar más de lo que ya estaba
el caudal del río, y eso provocó que nos
desviáramos de nuestro camino. Nos despertamos al siguiente día sin saber donde
estábamos, no sabíamos lo que pasó, pero después de observar hacia todos lados
nos dimos cuenta de lo evidente, estábamos perdidos. A mí en verdad eso no me
importaba, pero a Parlanchín si, pues el tenía la misión de encargarse de que
yo fuera a la ciudad a recuperar los dados de la paz, así que él comenzó a
remar con sus peludas patas negras hasta volver al camino principal del río que
llevaba a la ciudad. No lo ayude, en realidad quería perderme y no volver jamás
a la aldea, pero al verlo cansado después de una larga ora de remar y remar,
decidí ayudarlo. Después de otra larga ora de remar estuvimos nuevamente en el
camino principal del río. El río estaba más caudaloso que el día anterior que
salimos en búsqueda de los dados de la paz, supongo que fue a casusa de la
lluvia. Eran las 10 de la mañana y Parlanchín y yo teníamos mucha hambre, nuestros
estómagos gruñían como el motor de la lancha de los tipos que robaron los dados
de la paz cuando se acercaban esa noche a la aldea. Así que paramos por un
momento de remar para coger unas frutas de color amarillento que se encontraban
en la rama de un árbol junto al río. Yo las arranqué de la rama, una para
Parlanchín y otra para mí. Su sabor era bastante raro, entre agrio y dulce,
nunca antes habíamos probado algo igual.
Más
adelante, un árbol se había caído en medio del río imposibilitando nuestro paso,
tuvimos que trabajar juntos para moverlo. Nos bajamos del bote y con todas
nuestras fuerzas comenzamos a mover el gran tronco del árbol.
La
tarde había llegado, en esa selva pantanosa no se podía distinguir muy bien el
camino del río, que esta vez parecía estar más agresivo que el día anterior que
empezamos el viaje. Una espesa niebla cubría todo el lugar, y Parlanchín
alcanzó a divisar algo a lo lejos, era un bulto enorme que se acercaba más y
más. Se trataba de un cocodrilo gigante, a pesar de su tamaño, casi 8 metros,
era muy difícil verlo debido al color café de sus escamas. Se confundía
fácilmente con los troncos de los árboles muertos que flotaban en el río. Era
evidente que ese cocodrilo nos quería asesinar, pues cuando ya se acercó hasta estar a
un par de metros del bote, abrió sus fauces y venía decidido a comernos, Parlanchín
y yo pensábamos que todo estaba perdido, había llegado nuestro final, nos
abrazamos y esperamos nuestro trágica muerte en el estómago de un cocodrilo,
pero de repente unos raros animales emergieron de lo más profundo del río, eran
unos tres manatíes, ellos se caracterizaban por ayudar a las personas y se
enfrentaron al cocodrilo, y mientras eso pasaba, nosotros aprovechamos para
remar muy desesperados para así escapar del cocodrilo.
Después
de lo que había sucedido, aun temblorosos y un poco confundidos por lo que pasó,
comenzamos a navegar
el último tramo del río, antes de llegar a la ciudad de Banglook. En ese corto
camino, saqué mi espada, que con esas cuerdas, mas bien parecía un bajo eléctrico. Comencé a
tocar un par de canciones, para que Parlanchín se calmará un poco, porque en
verdad estaba muy asustado de ver a la muerte tan de cerca.
Un
último y grande obstáculos se atravesó en nuestro camino, una gran pila de
basura que venía de la ciudad, era tan alta y tan ancha, que era imposible
tratar rodearla o posar por enzima de la misma. Estábamos ya muy agotados,
hasta ahí habíamos llegado, era imposible continuar, así que Parlanchín decidió dar marcha atrás y
volver a la aldea, por supuesto a mi me esperaba una vida de esclavo en la
aldea, y a Parlanchín una condena menor quizá, ese perro que pensé que era mi
amigo, seguía siendo el mismo perro terco y cegado por las ordenes de sus amos,
los aldeanos. Cuando me disponía a ir hacia mi lado del bote, tropecé con algo
grande en el bote, que lo pude ver ya que comenzaba todo a oscurecerse para dar
paso a la noche. ¡Claro!, eran las el par de escafandras que nos dieron los
aldeanos como una última muestra de pena por nosotros cuando salimos en el
viaje.
Se
me había ocurrido una idea, envés de escalar o rodear la pila de basura, íbamos
a pasar buceando por debajo. Parlanchín incrédulo al comienzo no estaba tan de
acuerdo, pero logré convencerlo.
yo fuí
el primero en ponerle mi escafandra y bucear por esas oscuras y pestilentes
aguas, detrás de mi se encontraba Parlanchín, ambos llegamos casi sin aire al
otro lado, pero no importaba porque ahora ya estábamos más cerca de cumplir esa
misión y volver a la aldea. Parlanchín se adelanto, yo me quedé contemplando un
momento esas ciudad que en esa noche, brillaba como la misma luna. Cuando me
disponía a avanzar, algo me llamó la atención, fue una extraña luz que brillaba
en piso, si, era lo que pensaba, era un tillo, yo ya lo conocía pues me recordaba a las
botellas del licor que tanto me gustaron la noche del robo de los dados de la
paz, así que lo guardé en mi bolsillo para ver si alguien en la ciudad me decía
donde podía encontrar algo así.
Afín,
después de un largo camino, habíamos llegado a Banglook. Lo primero con lo que
nos topamos fué con enormes edificios, luces iluminando cada rincón y gente
alborotada en las calles pues habíamos llegado en vísperas de una celebración
importante, la fundación de Banglook. Era la fiesta más grande del año de esa
ciudad. Parlanchín y yo nos íbamos adentrando más y más en la ciudad, caminando
por las coloridas calles, no teníamos ni
la más mínima idea de donde podíamos encontrar a Saúl y Roberto, era una
ciudad grande, nunca los encontraríamos. ¡Quietos ahí!, nos quedamos
inmovilizados al escuchar a un par de policías gritar y correr hacia donde
estábamos nosotros, pero a quien buscaban no era a Parlanchín y a mí, sino que
estaban tras la pista de un par de asaltantes de bancos, eran ellos ¡Saúl y
Roberto!, quienes no conformes con robar los dados de la paz, habían querido
dar un último golpe al robar un banco y así retirarse del mundo criminal a
gozar de su nueva vida de millonarios, pero esa misma ambición suya ahora los
llevaba tras las rejas. Nos acercamos para ver como los policías los metían al
la patrulla y justo cuando Roberto era
metido al vehículo, al entrar algo cayo de sus bolsillos, ¡si! Eran los dados
de la paz, al fin los habíamos encontrado, pero no todo estaba listo aún, ya
que cuando nos percatamos de que al caer los dados de la paz del bolsillo de
Roberto, se estaban deslizando justo al canal de desagüe de esa calle, así que
yo corrí como un desquiciado para que con un gran salto y después de
arrastrarme y estirar mi mano, los atrapara en el último instante antes de que
cayeran al desagüe. Una vez que conseguimos recuperar los dados de la paz, nos subimos
en una moto, que
estaba en el piso, era la moto de Saúl y Roberto, pero como ahora ellos iban camino
a prisión, ya no la necesitarían.
Arrancamos de ese lugar y fuimos, hasta las afueras de la ciudad, en el
camino ninguno de los dos no pronunciamos ninguna palabra, parecía que tanto
Parlanchín como yo estábamos pensando en todo lo que había pasado. Llegamos al
lugar en la orilla del río donde dejamos el bote, y fue cuando le propuse a
Parlanchín que nos quedemos a vivir en la ciudad, el no lo acepto, pero al ver
un perro en la calle, recordó su infancia llena de maltratos y burlas de los
aldeanos y sabía que en mí, había encontrado un amigo con el que podía contar.
Parlanchín no sabía que hacer, así que como era demasiado supersticioso,
decidió dejárselo a la suerte. Saqué el tillo que guardé en mi bolsillo y
decidimos jugar A CARA O CRUZ. Si salía cara, volveríamos a la aldea con los
dados de la paz, pero si salía cruz nos quedaríamos a vivir en Banglook.
Puse
el tillo en mi dedo pulgar de mi mano derecha, lo impulsé hacia arriba y rodo y
rodo hasta llegar al punto más lato, y luego por la gravedad cayó nuevamente y
lo atrapé con la misma mano. Ambos estábamos ansioso de ver que nos había de
deparar el destino. Inconscientemente Parlanchín y yo queríamos el mismo
resultado… Abrí pues mi mano y justamente salió la opción que de una u otra
manera Parlanchín y yo esperábamos, salió cruz y como lo pactado antes, nos
quedamos a vivir en la ciudad. Lo primero que hicimos a la mañana siguiente al
enterarnos en los periódicos que esas piedras que para los aldeanos, para
Parlanchín y para mí, eran solamente unos objetos religiosos, resultaron ser
tan caros como el mismo oro, así que los vendimos en el marcado negro de la
ciudad y así conseguimos el dinero suficiente como para vivir como reyes toda
la vida.
Para
celebrar nuestra nueva vida de millonarios, fuimos a comer en el restaurant más
caro de la ciudad. En el camino al restaurant, vi por una vitrina algo que me
llamo la atención, era una pipa
y yo sabía muy bien para que servía, era para fumar coca, tenía que volver a
oler ese humo que me dejo cautivado cuando Saúl y Roberto me enseñaron a fumar
en la aldea, tenia que volverlo a hacer,
Entré a la tienda y la compré, la más cara, pues el dinero ahora ya no era
problema.
Llegamos
a un restaurant, y ordenamos algo llamado pizza, no lo habíamos probado antes pero quedamos
fascinados con su sabor.

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